Sara
Las hojas del ficus se movían con gracia, parecía que se burlaban de ella con ese alegre vaivén, nunca la gustó, se lo había regalado Mario poco antes de dejarla sin explicación, tenía la esperanza de que la planta no superara el primer invierno, pero su tenacidad por sobrevivir tras cuatro años, se había ganado su respeto.
Tumbada sobre la cama no podía evitar analizar y dar vueltas a lo mismo.
Antes no la hacia falta ningún despertador para despegarse del sueño, levantarse enérgicamente, desayunar un cola-cao con tres galletas (el café siempre la puso nerviosa) mientras escuchaba una emisora musical, y vestirse con la ropa que ordenadamente dejaba sobre la silla la noche anterior. Este guión matutino la sumía en una sensación de tranquilidad y bienestar, que hacia de Sara una persona sosegada y perfeccionista.
Bajaba la escaleras de los cuatro pisos ágilmente, tras llegar al portal, se miraba en el espejo por si alguna de sus características ojeras estaba mal disimulada y cruzaba la acera.
A Sara no la gustaban los ascensores, cuando tenía 15 años se quedó encerrada durante la tarde del día de Navidad en el de la casa de sus padres, tardaron en sacarla dos horas que recordaba con verdadera angustia, lo que la obligaba a elegir las escaleras por muchos pisos que hubiera y a reservar siempre los asientos de emergencia del avión para sentir mas espacio a su alrededor.
Aunque hacía meses que había dejado de fumar, cada día entraba en el estanco a por chicles, Juan aún los vendía sueltos y siempre la alababa hasta ruborizarla con piropos propios de la España mas castiza, pero al contrario de molestarla la hacían sentir aun joven y atractiva, de modo que siempre le respondía tímidamente esbozando una media sonrisa.
La cercanía a su lugar de trabajo, era algo que valoraba profundamente, nunca la gustó conducir, se había sacado el carnet nada mas cumplir la mayoría de edad, no lo había cogido apenas desde entonces y se sentía privilegiada de poder prescindir de cualquier tipo de vehículo para acudir a la oficina.
Desde la ventana de su despacho, las vistas podían no parecer una maravilla, pero la encantaba poder observar las vías del tren que traspasaban el lado este de la ciudad; La trasladaba a los recuerdos de la mañana de reyes de 1989, cuando rasgaba desesperadamente el envoltorio de un paquete de algo mas de un metro, esperando encontrar la Nancy con su casa maletín que llevaba tres años pidiendo, enseguida se dio cuenta de su gran equivocación. Era una maqueta de tren, con sus pasajeros, sus árboles, su musgo para simular césped y su máquina de tren a vapor. Cuando se giró descubrió la iluminada cara de su padre con alegría contenida. Se pasaron todo el día pegando y pintando cada detalle y no lo dejaron hasta que la maqueta estuvo completa. En ese mismo momento, Sara confirmó sus sospechas sobre la misteriosa naturaleza de sus majestades.
El traqueteo del tren regional que pasaba puntualmente a las 12 y 10, la hacía revivir esa sensación pueril que se remontaba 25 años atrás cuando pintaba la maqueta de tren con su padre.
Las hojas del ficus se movían cada vez mas perezosamente, por las rejillas de la persiana entraba un frescor impropio de mediodía para ser finales de mayo.
Llevaría doce horas en la cama y aún se sentía cansada, sin planes, sin expectativas. El bote de cola-cao llevaba semanas sin rellenarse a pesar de haberse convertido en su relación mas duradera, una selección de canciones de Aretha Franklin sonaban sin cesar en el portátil desde aquel 20 de enero.
Aquel fatídico martes el ambiente de la oficina estaba enrarecido, el último año había sido desastroso para las cuentas de la empresa, los clientes seguían la línea de los diez negritos de Agatha Christie y el nerviosismo se apoderaba cada día mas de todos. Diez años dedicados a la empresa no se convertían en el aval de nada. El reajuste de plantilla y el posterior cierre de la empresa encaminaron a Sara hacia una profunda depresión.
Al principio recibió la noticia con una gran entereza, pero ninguna de la larga lista de entrevistas a las que se había presentado habían dado fruto alguno. Ya no se sentía joven ni atractiva, hacía mucho tiempo que no se ruborizaba ni se convertía en el blanco de miradas del descarado estanquero. Ya no oía el sonido del tren, y los recuerdos de aquella mañana de 1984 se perdían en ese silencio.
Se sentía vieja, tremendamente mayor, empachada de melancolía, como si de un día para otro hubiera pasado una década.
El ficus ahora permanecía impasible, casi artificial, parecía compadecerse de ella.


