Se trata de un comentario en relacióna la noticia que ha tenido lugar esta semana en la sierra de la culebra (zamora), concretamente en la zona conocida como El Casal de Tábara. La muerte de la loba Inés, un ejemplar adulto de lobo ibérico, que la Consejería de Medio Ambiente a través de la guardería de dicho espacio natural, ha sid guardabe en la finca citada. La loba, junto con su cría, que fue recuperada por dicho personal estaba enferma y había pasado la mayor parte de su vida en el zoológico de Matapozuelos, en Valladolid. La docilidad del animal hacía que se acercara a la gente sin ningún problema. Alguien, a quemarropa ha disparado sobre ella y le ha causado la muerte.
A partir de aquí, he escrito un artículo de opinión, que me gustaría que publicasen en su periódico, con el fin de que reflexionemos en relación al hecho acontecido:
LA MUERTE DE INÉS, UNA MUERTE INÚTIL
Hace diez años viví una de las experiencias más intensas de mi vida. Una tarde de invierno, me adentré en solitario en la sierra de la culebra y, a pesar de haberlo hecho en incontables ocasiones, no podía imaginar que horas después me hallaría perdido en lo más profundo de ella, aturdido y sin saber adonde ir.
De noche, más bien guiado por la intuición que por la certeza de saber donde me hallaba, caminé por una de las furnias que descienden por la sierra. Al poco tiempo me sorprendió desde la lejanía el inquietante aullido del lobo. En ese momento, se desencadenó en mi mente y en mi cuerpo un cúmulo de sensaciones difíciles de describir y, por encima de todo, el miedo. La cercanía de la aullariza, cada vez más intensa, emitida esta vez por un grupo de lobos, hizo que corriera durante casi una hora valle abajo hasta que la cercanía de la lobada y sus aullidos fueron menores.
Doce horas después, cansado, aún con el miedo en el cuerpo y el sonido de los aullidos de los lobos en los oídos, regresé al lugar en donde había dejado el coche.
Ayer, 30 de enero, me enteré de que Inés, la loba del Casal de Tábara, había sido impunemente abatida en plena noche. La noticia no hizo sino llevarme al mismo lugar, diez años antes, en donde había vivido la experiencia que acabo de relatar. La muerte inútil de este animal indefenso me ha hecho daño y ha herido en lo más profundo.
Quisiera que, al menos este acontecimiento, que para muchos va a pasar desapercibido, sirviera para reflexionar sobre nuestra manera de estar en el mundo. Comprendo el sentimiento de esos guardas forestales que visitaban diariamente a Inés y su hijo, a los que daban de comer. Y al resto de gente sensible, indignada con este hecho.
Siento una gran pesadumbre, una gran frustración y rabia al saber que esta muerte injustificada no va a servir para nada, igual que el terrorista o el maltratador siega la vida de personas. En cierta medida, todas estas muertes son comparables, pues se trata, en los dos casos, de la vulneración al derecho a vivir.
La cobardía, el resentimiento, la imposibilidad de afrontar la realidad desde todos sus vértices, han sido los móviles que han llevado a los asesinos de Inés a cometer este acto. ¿Quién puede asegurar que estos individuos no puedan apretar el gatillo a quienes piensan de manera diferente a ellos? Y los responsables no son sólo los que han disparado sino los que los avalan o justifican.
Detrás de la muerte de Inés se esconde una vieja historia, tan larga como el mundo: la lucha por la supervivencia. Si hace siglos, tal vez décadas, el lobo sí era una amenaza para el sustento de quienes dependían de sus rebaños, en la actualidad esta realidad ha cambiado. Plantear esta antigua dialéctica en los mismos términos es un error.
Hoy, por todo lo que hemos vivido y conocemos, estamos obligados a construir espacios de convivencia en donde todos tengamos cabida, donde se tengan en cuenta todas las ideas, bajo el amparo de la legalidad y el derecho a vivir con dignidad. Estos principios son básicos e inviolables para una sociedad que se considera madura. Pero al hablar del derecho a la vida, se incluyen no sólo la vida humana, sino la vida de todos los que compartimos el Planeta Tierra.
Hace casi trescientos años, el viejo jefe indio Seattle afirmó: “La Tierra no pertenece al hombre, es el hombre, los hijos de la Tierra, quienes pertenecen a ella”. Hoy, deberíamos de hacer nuestras con mayor firmeza las palabras de ese hombre sabio. Todos estamos obligados, todos deberíamos empeñarnos en la tarea de defender la vida por encima de cualquier otra idea.
En la década de los sesenta del pasado siglo, se comenzó a hablar de desarrollo sostenible. El otro día en clase, mis alumnos y yo, hablábamos de ello, concluyendo que cualquier solución a este problema pasa por conciliar el derecho a desarrollarnos como seres humanos y el derecho y respeto al Medio que nos rodea. Éste debería ser un principio que nos guiara a todos.
Por poner ejemplos de ello, la mayoría de países en el mundo (incluido el nuestro) abogan por esta estrategia: la sostenibilidad. En la mayoría de países de África, como Kenia, Tanzania, Namibia, reciben del turismo de Safari el porcentaje mayor de ingresos de su producto interior bruto. En países como Islandia, Noruega, Canadá, Costa Rica, Groenlandia, etc. el turismo de avistamiento de animales salvajes (ballenas, focas, etc.), constituye un recurso fundamental para su economía. En todos ellos se conoce y se defiende la su mejor y más valioso de los recursos: el patrimonio natural, pues dependen en él. Acaso, ¿Nosotros, no?
España, junto con Rumania, alberga la mayor población de lobos. En Europa ya está extinguido. La provincia de Zamora es, sin duda, el santuario de este mítico animal, y miles de personas de todo el mundo se acercan hasta aquí con el anhelo de contemplarlo.
El patrimonio natural (incluido el lobo) es uno de nuestros mayores recursos y un valor añadido a nuestra economía. La muerte de Inés no sólo es un delito, que quienes lo han cometido, sin duda, acabarán pagándolo, sino un acto de negación y un perjuicio a todos los que formamos esta comunidad y necesitamos de todos los recursos para salir adelante.
Riqueza es también contar con recursos naturales, una biodiversidad aceptable, y convivir con especies únicas en el mundo un privilegio, que incrementan la responsabilidad de conservarlas.
Detrás de la muerte de Inés se esconden aquellos quienes con sus voces alientan a otros, cuya ignorancia o mala fe, impide ver la realidad de manera abierta y sin complejos. Detrás, se hallan también quienes defienden posturas unilaterales, cuyo único argumento es ir en contra de quienes piensan de forma diferente o creen que la solución de los problemas supone la eliminación del contrario. Detrás de la muerte de Inés, están los agitadores, los que se obcecan en posturas maniqueas, como el desarrollismo o la intolerancia.
¿Por qué no ver en el lobo una oportunidad y no un problema? Hoy disponemos de muchos más medios y, sobre todo, disponemos de los conocimientos para fabricar una realidad respetuosa con todos. ¿Porqué no empeñarnos en conciliar las posturas de quienes viven y trabajan cerca del lobo y tienen el derecho de la misma forma que lo hacen quienes defienden la pervivencia de esta especie? ¿Porqué no entender que al respetar la vida de una especie como el lobo es apostar también por el desarrollo de nuestra tierra?
Este empeño tiene que traducirse en crear un espacio común de convivencia, en donde se compense el efecto pernicioso que pueda tener el lobo, a través de diferentes mecanismos, y potenciar una red de servicios, que sin duda van a generar empleo, en el área del turismo rural mediante equipamientos, rutas temáticas, áreas de avistamiento, formación de guías especializados, centros de investigación, Educación, etc. relacionados con esta especie y el espacio en el que se desenvuelve.
Este mensaje va dirigido a todos los que piensan que la responsabilidad de vivir en el mundo es de todos y que conservarlo es una obligación; a quienes piensan que todos tenemos cabida aquí, incluso los que apretaron el gatillo antes de matar a Inés; a todos los que piensan de manera contraria, pues pisan la misma tierra que nosotros.
Me siento herido y avergonzado de pertenecer a una especie capaz de matar a miembros de su misma especie, de matar por el placer de matar, de no respetar el mayor de los bienes: la vida. Pero también orgulloso de quienes son capaces de hacer que haya otra manera de vivir en el mundo, de respetar a otros que no lo hacen, de aceptar y respetar cualquier forma de vida, por el hecho de existir.
A pesar del miedo, aquella experiencia en la noche de invierno de hace diez años, fue para mí una lección imborrable. Aquellos lobos de la sierra de la culebra que, sin duda, advirtieron la presencia de alguien diferente a ellos, hubieran podido despedazarme y haberme engullido con sus fauces. No lo hicieron, quizás porque no lo necesitaban, y me dieron una oportunidad. Inés, la loba del Casal de Tábara, no ha tenido esa suerte y ha muerto en manos de algunos que desprecian la vida.
Zamora, 31 de enero de 2009.
Benito Pascual Asensio


