No era una simple tormenta la de esa noche. Los arboles se tambaleaban con violencia al tiempo que muchas de sus ramas se rompían y generaban un rumor ensordecedor similar a los huesos rotos de un esqueleto ajado. Al fondo, sin demasiada nitidez se advertían los ojos nerviosos de mi mujer, que estaba cerca del porche de la casa. Agitaba un pañuelo de lado a lado, y con la otra mano cobijaba un objeto que mis ojos no atinaban a diferenciar de una vulgar mancha sin definición alguna. Entre aquel caos de hojas y ramas rozándome la cara pude observar que en la habitación superior de la casa había alguien mirándome fijamente. Su sola presencia me incomodaba y aterrorizaba, pues yo sabía que en millas a la redonda solo vivíamos mi amada y yo, y más me sorprendió ver que aquella figura fantasmagórica era la de nuestro joven hijo que murió de tuberculosis hacía ya dos primaveras. ¿Era él quien observaba mi lucha por llegar a casa? Conseguí hacerme camino entre el maizal de delante de nuestra casa mientras seguía viendo a mi mujer agitar el pañuelo cuando finalmente pude ver lo que su mano izquierda sostenía. Era nuestro reloj de pared, cuyas agujas no paraban de girar y girar como si el viento también las influyera pese a estar encerradas eternamente bajo cristal. Un rayo cayó en el tejado de la casa, iluminando todas las estancias y dejándome adivinar que la figura situada tras la ventana del segundo piso no era mi hijo, sino yo mismo. Me horroricé al verme en la ventana y mayor fue el terror que recorrió mi frío cuerpo al ser consciente de que mi otro yo, el de la ventana, estaba haciéndose cada vez más y más viejo. El cuerpo envejeció hasta convertirse en polvo y ser arrastrado por el viento que resoplaba al rozar la ventana.
...
Son las 3 de la mañana. El sonido del viento golpeando en la ventana me ha despertado, me levanto a cerrarla y me doy cuenta de que estaba sumergido en un profundo sueño. Cierro la ventana y observo los arboles moverse fuera de la casa, también alcanzo a ver el panteón familiar que alberga a mi mujer y a mi hijo. Las dos personas a las que mas he amado yacen delante de mi casa esperando que este viejo y gastado cuerpo deje de funcionarme para poder reunirme con ellos dondequiera que estén.


