No puedo menos que manifestar mis sensaciones a partir de estas letras. Sensaciones e impresiones confusas por la naturaleza del ser humano. Sí, me he explicado bien pero creo que no me habrán entendido. El complejo y simple dualismo del Homo sapiens. El mismo que viste y calza. Dos piernas, dos brazos, tronco, cabeza y al menos un teléfono móvil como parte del atrezzo diario al que estamos acostumbrados. No es mi intención centrarme en la anatomía morfológica de nuestros cuerpos pero sí en la fisiología de esa parte indispensable de nuestra existencia, del canto armonioso de sus múltiples sonidos y del impacto acústico que en determinados momentos se convierte en el ruido estridente y grimoso del tenedor que surca el fondo del plato.
Permítanme que les cuente y les ubique en la escena. En este caso, el escenario es el Teatro Juan Bravo de la capital segoviana y el día, un lluvioso siete de noviembre. Podría haber sido cualquier otro entorno. Por ejemplo, el cine, el hospital, una reunión o la misa dominical.
Allá vamos. Se abre el telón y los actores de la compañía La Zalagarda se disponen a interpretar la obra “La Sopera” de Lamoureux. Un primer acto enredado y con un doble sentido agudizado. De repente un sonido tipificado nos confunde con su eco de risa avergonzada. ¡Es el sonido de un móvil! Me quedo atónito ante esta novedad esperada. Bueno, vale, concedo la virtud del despiste ante la emoción de tan destacable paraninfo. Tres minutos más tarde, otra melodía odiosa suena al sur de mi espalda y enmascara el malévolo plan del sobrino con su tita, bajo la lectura del apuntador. Murmullo general. Pero suena y suena y vuelve a sonar. Dos veces. Espero que si algún otro despistado se le ha olvidado desconectar o silenciar su celular se haya dado por aludido en esta ocasión. Los actos se preceden y los actores nos llevan al ritmo retorcido que estipula el guión. Hasta que, de nuevo, otro tono diferente irrumpe en la escena. No me lo puedo creer. ¡Tan torpes podemos llegar a ser! ¿Tan imprescindibles somos? ¿Hemos oído hablar alguna vez del concepto educación? Y éste no fue el último soniquete desafinado. E incluso parece que nos divierte. Ah, si esa melodía es la misma que tengo yo en mi teléfono. ¡Anda, si es mi teléfono! ¿Quién será? Y ante la duda contesto para decir al otro lado o en voz baja: “cariño, luego te llamo que estoy en el teatro”. O miro fijamente los destellos luminosos de la pantalla como intentando contestar vía telepática. Por cierto, a mí me gusta más el modo de vibración.
Estimado público. Por favor, les ruego que por su propio bienestar disfruten de los momentos maravillosos que la vida nos proporciona. Y si no lo quieren hacer, por lo menos permitan al resto de los humanos que lo hagamos.
Por cierto, propongo que con la entrada a los teatros, cines o cualquier otro espectáculo o reunión pública, la organización del evento regale un caramelo para que en esos momentos de carraspera contagiosa tengamos algo que llevarnos a la boca. Tonos desafinados y toses sin clave de pentagrama. En definitiva, enhorabuena a la compañía de teatro por su paciencia con este humilde auditorio.


