A VIENTO
Ayer, charlando en Urueña al pié del muro, en el recinto enoteca, con una copa en la mano del buen vino de Castilla, en este caso un Ribera, con frío de por diciembre, con historias de viñedos, de caminos polvorientos, de legiones de romanos, de un Viriato zamorano, me enteré de la noticia:
¡QUÉ DOLOR!
Tuvo el Magno su Bucéfalo, Atila el huno su Othar, montó El Cid en su Babieca, yo recorrí los Torozos galopando en mi Lucero. Pero fue en tu casa, en Tierra Campos, donde conocimos a VIENTO.
Tenía una estampa preciosa, tenía una alzada imponente, tenía las orejas cortas, tenía las cernejas fuertes. No era tozudo en el trato, que de noble era su sangre, no tuvo miedo ante el toro que sobradas eran sus fuerzas, no se mostró receloso, que siempre confió en su dueño, si relinchó fue de gozo, si se quejó de impaciencia.
Yo le monté algunas tardes, paseamos por Torozos y cruzamos el Bajoz, y buscamos en el monte las huellas del jabalí, y el acecho de los lobos.
¡Él notaba la presencia!
¡Corrimos por Carre Urueña!
Te recordaremos siempre, cuando salgamos al campo, cuando vayamos al pueblo, cuando se levante el:
VIENTO
¡AUN TE SENTIMOS MUY DENTRO!


