EN TRÁNSITO
Una de las consecuencias que ha traído el aumento en el número de viajes en avión es el incremento, proporcional, del número de hombres en tránsito. La escena se repite un día tras otro. En su lánguido deambular por pasillos interminables, estos hombres tienen el mismo aire extraviado, idéntico desaliño en sus gabardinas arrugadas y en sus barbas. Comen lo que encuentran en papeleras llenas de tesoros, y su orgullo desprecia las invitaciones. Se esconden de los polícias y evitan las preguntas de los niños. Chapurrean varias lenguas y saben del mundo exterior a través de la lectura de noticias anticuadas en periódicos abandonados. Al llegar la noche, buscan la penumbra de una escalera y duermen sobre filas de asientos, prendidos a sus maletas. El amanecer les sorprende aseándose en los baños de caballeros.
Barajas, Charles de Gaulle, Ezeiza, John F. Kennedy, Tokyio, Johanesburgo... hace tiempo que cuentan con su propio Departamento de Hombres en Tránsito (D.H.T.).
El despegue de un avión que nunca es el suyo les induce nostalgias. La llegada de un grupo de pasajeros les produce una sonrisa, y sólo eso. De un modo irreversible, han perdido la noción del tiempo; también la identidad, pues no saben si pertenecen al lado de acá o al de allá.
Cuando un aeropuerto ya no da más de sí, su D.H.T. procede -con un respeto escrupuloso a las convenciones internacionales- al embarque de una cierta cantidad de estos hombres, por lo general, los más antiguos-, que son envíados a otro aeropuerto con el que se ha firmado un acuerdo previo. Se produce así una rotación solidaria del problema, y los hombres en tránsito intentan rehacer sus vidas, pasando a depender de un D.H.T. diferente en la otra punta del mundo.
El misterio rodea su vida precaria. A veces, de un modo inexplicable, algunos han aparecido en el interior de maletas perdidas, dando vueltas sobre la cinta de recogidas. Se ignora qué es lo que ocurre cada vez que uno de ellos muere, y se especula sobre la existencia de mujeres en tránsito. Sólo hay un hecho cierto: si dos de estos hombres se cruzan en el interior de un aeropuerto mirarán hacia otro lado, pues conocen el desasosiego que provoca la visión de un hombre en tránsito.


