SEGOVIA ESTÁ TRISTE
Ayer fui a dar una vuelta a Segovia y la encontré triste. No era el frío, ni la sensación térmica provocada por el viento, no fue eso lo que me provocó tal sensación.
Me acerqué a la Reja Art Gallery, una relativamente nueva galería situada en un piso de Fernández Ladreda. Llamé al interfono. “¿Quién es?”, me preguntó la galerista, como si resultara extraño que alguien quisiera subir a ver la exposición, y en verdad me sentí un extraño recorriendo la sala en dichas circunstancias.
Subí la calle Real hasta el Torreón de Lozoya. Era la primera vez que sólo había una sala abierta, la de las Caballerizas y la parte noble del edificio se hallaba cerrada a cal y canto. Al salir de allí, había anochecido, el cielo estaba en ese punto en que todavía era azul y una luna llena emergió por encima de los edificios. Una nota de alegría en medio de tanta tristeza.
Subí hacia la plaza por la calle de la Infanta Isabel, donde los bares esperaban a sus clientes, y la cosa no mejoraba al llegar a la plaza Mayor. Emprendí el solitario regreso por la Judería, intentando respirar algo de calidez en sus estrechas callejas.
Así llegué a la Alhóndiga y de nuevo me embargó la tristeza. Centro cultural, lo ponía en un pequeño cartel, aunque nada hacía indicar que allí dentro hubiera una exposición de la que no supe nada hasta que traspasé sus puertas. Rusia: fotografías que mostraban el lujoso espacio del metro moscovita, pañuelos con distintos motivos; en definitiva imágenes de la patria en una determinada época, pero ninguna referencia; el visitante debía ir hilando hasta desentrañar el tema, el título y el porqué de tal exposición.
Me sentí triste en la bella ciudad, menos mal que la luna llena me esperaba tras un arco del Acueducto para despedirse de mí.
Francisco Dorda


