LA PRIMERA NOCHE
Siente le lengua seca y una sensación de frescor le recorre el cuerpo. Es su primera noche y, la verdad, es que poco o nada le han explicado. La gente ha ido saliendo progresivamente hasta dejar todo vacío. Ni tan siquiera puede divisar a algún guardia de seguridad. Siente las piernas algo entumecidas, aunque se considera afortunado, porque en la fábrica le habían prevenido de los fuertes dolores musculares que se suelen presentar por las piernas y en la zona lumbar durante los primeros días, y a él no le han afectado demasiado.
Toca con el codo a su compañera de la izquierda, la única en toda la planta. Es esbelta, muy delgada, tan blanca como él, y apenas lleva ropa: un suéter muy fino y corto, unos pantaloncitos que dejan entrever las curvas incipientes de sus glúteos y unas chancletas, todo en juego de colores en exquisita combinación. Normal llevar tan poca ropa, es verano. No obstante, le sorprende sobremanera el hecho de que lleve puestas unas Rayban: hace ya una hora del crepúsculo.
Después de dos o tres toquecitos a su compañera, y de no obtener respuesta, decide marcharse sólo a investigar qué se cuece por las noches.
Siente un hambre atroz, pero sobre todo, lo que llama su atención, es que puede probar todo lo que le plazca de manera gratuita. Al menos, nadie le ha dicho explícitamente que no pudiera hacerlo.
Ahora tiene los ribetes de los blancos labios manchados de chocolate: Congitos, M&M’s, Kit Kats, Toblerones, Lacasitos. El dulce le ha provocado tanta sed que se dirige al estante de bebidas y se bebe dos litros de Coca-Cola de golpe. Luego unos zumos de naranja, que la vitamina C seguro que le viene bien. Abre una caja de leche, pero tras tres sorbos la tira al suelo.
¿Pero cómo habré empezado por el postre? Ha levantado la tapa de las cámaras frigoríficas y se ha comido tres solomillos de ternera, sangrantes, dos morcillas, y un par de botagueñas. Algo de mi-cuit también, aunque se le ha olvidado extenderlo en panecillos. Todo demasiado acelerado, no piensa, ejecuta, actúa: pero es lógico, así es su naturaleza. Se limpia la boca con el antebrazo izquierdo. ¿Seré zurdo? Nota que no tiene puesto nada de ropa ¡Qué extraño! Se dirige a la sección de trajes, Marks and Spencer, Hugo Boss, Versace, pero no es su estilo, prefiere el territorio vaquero, del que ha elegido una camisa de manga corta, de cuadros verdinegros, unas bermudas vaqueras hasta las rodillas, un cinturón de cuero, y unas chanclas. No me extraña que mi compañera no quisiera hablar conmigo, así sin ropa y sin nada. Después de mirarse en el alargado espejo de una de las columnas, decide quitarse el hongo sombrero, a lo Pete Doherty, que se había calado. Y la negra corbata. No es tan moderno.
Estando en la planta tercera, mientras estaba jugando a la Play, en un juego que no se puede decir que controle muy bien, el San Andreas 2, se lleva un susto de muerte, su corazón ha empezado a latir a doscientas pulsaciones por minuto, al oír un ruido procedente de la puerta que conecta la planta con la salida de emergencia. Gotas de sudor han comenzado un lento deslizar por su frente, agrupándose en pequeños charquitos sobre sus sienes. No era consciente de que tuviera capacidades sudoríparas. Se está empezando a dar cuenta que en el entrenamiento, consistente en esos tediosos cursos de adiestramiento, no ha prestado la suficiente atención. Aún no comprende cómo es posible que pudiera salir de Pleto Inc. en el primer pedido. Mientras permanece unos segundos escondido entre dos bloques de juegos para PC, amontonados sobre mesas, tickeados con un 10% de descuento la unidad, 15% si se compran dos unidades, notando que el entumecimiento en sus rodillas no ha desaparecido con el movimiento, ve desaparecer el peligro. El vigilante, engalanado con un traje gris y con el logo de la empresa aseguradora, ostentoso, luciéndolo tanto en mangas como en la espalda de la chaqueta, ha terminado su ruta por esa planta.
¡Esto es la leche! Se ha cansado de saltar sobre la misma cama, una con blanco somier de 150 centímetros de ancho, con unos ribetes rosa claro que le otorgan un extraño aspecto para ser comprado, y ahora danza, de bote en bote, a grandes zancadas, de casi tres metros cada una, con una precisión milimétrica tanto en salto como en frenada, clavando los dos pies en cada movimiento, sin desviarse y sin provocar apenas ondas expansivas, de somier en somier, de sofá en sofá, chaise-longues de Thore Garbers incluidos. Tal es su ligereza. En los cursos sólo nos enseñaron cosas aburridas. No entiendo por qué no nos dijeron lo divertidas que podían ser las noches aquí.
Siente el estómago hinchado, pesado, y una incipiente acidez empieza a subirle hacia el esófago. Se desabrocha la camisa de cuadros verdinegros y nota que el marmóreo blancor de su piel está mutando hacia una mezcla de rojo y amarillo. Pasa lentamente las manos por el abultamiento de su barriga, y comienza a darse cuenta de que algo no marcha como debiera. Igual he comido demasiado.
Al girar la cabeza hacia la derecha nota que tres muchachas parecen estar mirándole fijamente. Tienen unos extraños ojos, inexpresivos pero de penetrante mirada, y un pelo que poco se diferencia, al menos en color, del blancor del resto de su cuerpo, que, por otra parte, observa que llevan desnudo, sin tan siquiera unas chanclas que pudieran tapar sus partes íntimas. Se abrocha la camisa rápidamente, sintiendo una enorme vergüenza del aspecto de su barriga, y sale corriendo. Ya en el ascensor se tranquiliza y empieza a lamentar no haber estado vestido, en condiciones óptimas, y haber podido charlar un poco con esas bellezas. Ni tan siquiera he podido echar un vistacillo a sus pechos desnudos, mira que soy torpe.
Recupera el resuello. Como no sabe cuánto tenía que haberse echado, va apestando a perfume, ¡y a perfume de mujer! Pero eso tampoco se lo han enseñado en los cursos preparatorios. Ha pensado que sería un detalle volver con un delicado olor a flores para facilitar su posible conversación con su compañera. Las digitalizadas cifras de su Casio le indican que es tarde, más de las ocho de la mañana, por lo que decide volver a su lugar de trabajo.
Por el camino a su plataforma observa determinados compañeros de profesión, algunos vestidos, la mayoría no, que lo miran de soslayo, como si no existiera o no reparan en su caminar. Y ello que va de lo más elegante, con perfume y reloj incluidos. Es probable que sean de otra empresa y que sea eso lo que los haga tan poco sociables.
Las 9 en punto. Hora se subirse a la plataforma. ¡Pero si se me ha olvidado quitarme la ropa! ¡Y el reloj! Menuda la he preparado. Y el cartel de “Rebajas” en el suelo. Menudo fallo. Estirando el brazo para coger el cartel se da cuenta de que dos dependientas del centro comercial están ya en la caja registradora. Llevan el traje de trabajo, camisa verde y falda de tubo negra, con lo que ya no van a moverse de ahí en toda la mañana. ¡Imposible, ya no hay tiempo! Tendrá que pasar el día con esa ropa, ese olor a flores y sin el cartel de “Rebajas”. Mira de reojo a su compañera y observa que no se ha movido ni un ápice. Los hay que son verdaderamente profesionales, piensa. Estira el brazo y flexiona las rodillas, de forma aproximada a como recuerda que tenía que posar. ¡Cuánto queda para la hora de cierre!


