Castañar del Río respiró nuevos aires la mañana del solsticio de verano. Graznidos y flores marchitas, años oscuros y dramáticos, quedaron sepultados en el recuerdo de la villa al enterarse de la misteriosa desaparición de Toribio, el Cascarrabias.
Maldad y Toribio, íntimos desde que este último llegó al pueblo allá por los años cuarenta, vivían humillando, discutiendo y peleando con las buenas gentes del lugar. La Benemérita organizó batidas a las que se unió un contingente de hombres animosos de hallar a Toribio sólo en cuerpo, sin alma. Don Miguel, el cura, pidió al Señor en el púlpito delante de todos los feligreses que no tuviera compasión de él y arrastrara sus huesos al mismísimo Hades. El boticario y el panadero, personas afables, urdieron un plan conjunto para dar muerte al bellaco con soberbias exquisiteces culinarias.
Tres días, tres noches. Toribio, el Cascarrabias, desaparece. Objetivo: atormentar otro lugar.
Matías, el hijo del sastre, reía con la actividad popular. Días atrás, mientras cazaba conejos en el “prao”, presenció un encuentro. Un forastero impecable, ataviado con chistera, botas rojas y un bastón plateado charlaba con Toribio, el Cascarrabias. A modo de sombrero, un orinal negro, oxidado como su interior, protegía su cabeza de los rayos del sol. Quizá la nueva moda de la ciudad.
Un trueno. Después, el “clic” seco de dos metales tocándose. ¿Magia?
Dos pequeños cúmulos de arena sustituyeron a los dos hombres. Matías recordó a don Miguel el miércoles de ceniza; “polvo eres y en polvo te convertirás”. Con sumo cuidado, recogió la tierra, corrió a la botica, pidió dos botellas de aceite de ricino vacías y volcó los bolsillos. La esencia de dos hombres. El señor Bien y el señor Mal.


