Cuando en las cortas tardes del otoño, el sol se desliza por las laderas del río poniendo oro dorado en los chopos de la orilla, tras él, y siguiéndole de cerca, aparece un viento frío que ya es preludio del invierno, y que agita las acículas de los pinos del monte, escalofriando a los pájaros que después de su paso, buscan los refugios cálidos de las copas para disponerse a pasar la noche bajo el cielo azul oscuro, donde pronto aparecerán las primeras estrellas.
Mientras tanto el sol, ya casi escondido tras el Castillo, dibuja arabescos con las sombras en sus majestuosos muros, pintando de naranja aquí y allá hermosas y fugaces pinceladas de luz. Y un silencio solemne se enseñorea del paisaje, como un compás de espera, a la vez sereno y expectante para aguardar la noche, y a veces, la alta madrugada, ya trae escarcha que se posa como diminutos diamantes por todas partes, y que a la mañana siguiente se deshará tras recibir el beso del nuevo sol del día.
Y en las calles del pueblo ya empieza a oler a la leña quemada de las estufas, y a veces al pasar por alguna casa se percibe el sugerente y rico olor a castañas asadas que nos devuelve, con el gran poder de evocación de los olores, al recuerdo de la infancia, y el paso se hace más rápido buscando el calorcillo de las casas.
¡Hermoso y espléndido otoño!, cuando el pinar huele deliciosamente a humedad, y todo se serena a compás de la serenidad del ambiente! Delicioso paréntesis entre los rigores de las dos estaciones a quienes da la mano, que bendice con sus lluvias las sequías del caluroso verano, y cuya suavidad cae como un bálsamo sobre la naturaleza y el espíritu.


