El sábado 18 de julio, fecha mítica donde las haya, incardinada en la historia de España, se celebra en la plaza de toros de Valladolid la tercera de las novilladas nocturnas de promoción, organizada por la empresa que regenta en estos momentos la Plaza de toros vallisoletana en colaboración con el Ayuntamiento de la ciudad. Son estos encuentros con los toreros que quieren serlo, chavales ávidos de gloria y fama, uno de los momentos taurinos significativos en la provincia. Más de una localidad debería mirarse en el espejo de su ayer para dar oportunidad y abrir el espacio que cerró a las novilladas sin caballos.
Como apoyo de este aserto conviene traer aquí lo dicho y publicado por José R. Muelas en uno de los análisis tras el primero de estos festejos celebrados:
“Podían tomar nota otros ayuntamientos y debían tomarla los jerifaltes de la tauromaquia de montera para imponer la Gran Cruz correspondiente al alcalde León de la Riva. Este hombre, sin alharacas, con absoluta discreción, ha hecho más por la tauromaquia de montera que todos los jerifaltes juntos. No te lo tomes como peloteo, lector, que ni conozco al alcalde, ni me considero de los de montera -hermanos separados de la verdadera tauromaquia, aunque hermanos al fin- pero veo obras y silencio. ¿Cabe mejor recomendación?. Ya puestos a recomendar, recomendaría la asistencia a estos festejos. Razones: Cuestan 9 euros, acude la capacitada afición vallisoletana (que no pasa de 600 individuos), en la plaza se oye hasta respirar, toca la banda de Íscar, abundan la cortesía y buenos modos, los novilleros salen a por todas, capturas en la noche hasta el último detalle, aprendes de quienes saben, disfrutas con la variadísima tipología humana que configura el corpus de la afición; y el vino pre y post novillada, sabe mucho mejor que si andas deambulando a lo tonto de taberna en taberna”.
Las cosas son como son y así hay que tomarlas.
Este próximo sábado se nos cita a un nuevo encuentro con la novillada nocturna de promoción, cuyo festejo aglutinaba, qué digo, poblaba, abarrotaba de público aficionado las gradas de la plaza de toros de Valladolid no hace mucho y que ahora compendia una esencia escasa pero auténtica de seguidores por mor de las circunstancias de los tiempos. Y la verdad es que replantearse su existencia u oferta estará, a la vista de los resultados, encima de la mesa de los responsables de su programación, aunque es posible que siempre haya alguna empresa dispuesta a seguir acercando los toros al público a la espera de momentos mejores, regando el vivero de nuevas promesas. Ahora mismo, y más que nunca, es imprescindible dicha acción para obtener fruto posterior, no inmediato, en ese complicado, difícil, atrayente y gustoso mundo de los toros. Se comprende sin duda alguna las actividades de personas que, pese a perder de su dinero y su tiempo, siguen alimentando el pábilo para que no se apague porque ellas son el paletón de la llave que posibilita abrir las puertas de las plazas de toros.
Afuera soplan los vientos en forma de trabas de todo tipo que quieren apagar esa llama en ocasiones vacilante del espectáculo taurino al socaire de opiniones, modas, costumbres, manías y tendencias reproducidas una y otra vez en los altavoces sociales. Por eso, ser constantes en el obrar, pacientes para completar resultados, servidores de la causa singular de los toros y animosos en el empeño son virtudes que deben orlar a cuantos aún creemos en el significado profundo, histórico, solidario, tradicional y hermoso de la tauromaquia. Son esos chavales que quieren ser toreros los protagonistas de un acontecimiento singular, único e irrepetible en las noches de verano para seguir viendo y paladeando toros a la luz de la luna en Valladolid.


