Siempre que los asesinos terroristas perpetran uno de sus crímenes golpean nuestros ojos y nuestra sensibilidad imágenes tremendas: la víctima en el suelo, con toda su carga de dramatismo, los servicios médicos intentando salvarle la vida, la policía rodeando el lugar, más tarde el dolor de los familiares, imágenes que llegan a nosotros a través de los medios de comunicación, y que no por repetidas dejan de sacudirnos el corazón.
En el caso del último asesinado por la banda terrorista, el empresario vasco D. Ignacio Uría, ha habido entre todas, una imagen, en la que no se ve ni a la víctima, ni a la familia, pero que me ha producido un enorme y doloroso estupor: la fotografía en que aparecen los compañeros de juego del fallecido, sentados en torno a una mesa, con las cartas en la mano y jugando esa partida de tute, que D. Ignacio, asesinado a 200 metros del bar, no pudo jugar esa tarde.
Es decir podemos deducir, que mientras el Sr.Uría aún yacía muerto en la acera (y así sería, ya que tardaron más de dos horas en levantar el cadáver), sus compañeros de muchos años de partida, solo introdujeron un cambio en su rutina de sobremesa: sustituyeron por otro a su amigo asesinado.
¿Como puede estar una sociedad tan enferma o tan contaminada por el miedo, que pueda llegar a este horrible grado de insensibilización?
A veces cuando los ciudadanos de bien, es decir, una inmensa mayoría, salimos en silenciosa manifestación cada vez que se produce un crimen terrorista, podemos caer en el desánimo de pensar que ese gesto no vale para nada. Pues bien, yo hoy, a la vista de esa foto tremenda, me he afirmado en que sí que sirve: Siempre será preferible manifestar nuestro absoluto rechazo y de esa manera compartir el dolor de las víctimas, que seguir jugando al tute. ¡Que pena y que vergüenza!


