Por fin, ella, devolvió el acuse de recibo con una tímida sonrisa, y mi limosnera mirada cobro su recompensa. Sentí galopar mi corazón y mis mejillas tornarse fuego, como si fuera un púber de diez años. Hacía intentos de calmar mi ansiedad, pero no lo conseguía. ¡Oh Dios!. me pregunté: ¿Es posible que la dicha encuentre acomodo en mí, por una simple mirada después de tanto tiempo?.¿Es posible que esta venturosa mañana vuelva realidad el furtivo anhelo de tantos años?. ¿Tendré valor, al fin, para enterrar mis complejos diciéndole que me gusta?. ¿Que la amo quizás?. O, ¿seguiré esperando y que sus ojos de azabache busquen complicidad en otros mas decididos?.
No lo pensé mas y fui hacia ella, con el firme propósito de finiquitar aquellos años de cobarde prevención. En los apenas seis metros que separaban nuestros cuerpos volvimos a cruzar nuestras miradas y en la suya por fin atisbe una indisimulada ansiedad por conocer mis pretensiones. Meció con delicadeza su blanda melena oscura y esperó receptiva mi llegada. Ante mi escrutante mirada, la sensual configuración de sus labios se volvieron sonrosados, pareciéndome infinitamente deseables. Ella brindó su mejilla para que un casto beso sellara el encuentro y en ese momento, no tuve duda alguna, de que nuestros destinos cabalgarían unidos por la inmensa pradera de la vida. Mas, ¡oh!, cruel y despiadado mal fario. Un ruido ensordecedor interrumpe nuestro placido encuentro y una amarga sensación de sequedad comienzo a notar en mi garganta. Desde la habitación contigua, una reconocida voz me grita: Eco, es la hora.


