Hasta hace unos días me resbalaban los comentarios que achacaban consecuencias perversas a mis actos. Sabía que no tenían razón. Yo siempre he creído en el imperio de la ley. Cuando me calificaba a mi mismo como demócrata no era una frase hecha. Soy un firme defensor de la fuerza de las mayorías y el respeto a las minorías. Y sobre todo del poder del pueblo. He sido siempre consciente de que esa postura es muy arriesgada. No se si todo el mundo que se tilda fácilmente de demócrata se da cuenta de donde están los límites de esa apuesta. El techo es el libre pensamiento, la voluntad popular sea esta la que sea, la ley y los derechos humanos. No estar de acuerdo con alguien pero luchar porque pueda defender sus ideas. Una buena definición de actitud demócrata.
Un límite claro es la norma que nos hemos dado todos a través de nuestros representantes en un sistema democrático. Su mayor expresión la Constitución del 78. El respeto a la ley su cauce adecuado. Sostengo que es lícita la persecución de “cualquier” fin en democracia que respete estos límites. La movilización pacífica y respetuosa, la participación social, la confrontación política.. son los mejores instrumentos.
Las propuestas de Bildu están a años luz de mi ideario político. Sin embargo el juego democrático les ha permitido estar donde están. Lo respeto aunque no me gusten sus ideas. Ese es el riesgo de ser demócrata. Si acepto las reglas (la Constitución, las leyes, las instituciones..) no puedo echarme atrás a la primera que salga lo que no me gusta.
Si están donde están es por que gente como yo opina lo que acabo de decir. Alguno lo tomará como una confesión y nos achacarán todas las desgracias y consecuencias como cómplices de algún delito. No hemos hecho nada malo mas que ser coherentes con nuestros principios democráticos.
Pero este juego tiene una regla. Todos hemos de jugar a lo mismo.
Como demócrata convencido exijo a quien tiene capacidad para hacerlo que recupere ese marco común y esas normas que son la base compartida del sistema. Si otro no respeta las reglas no funciona democráticamente.
En ese entorno me siento legitimado, tanto o mas que el que no quiso dejar entrar en el juego democrático a Bildu, para exigirles que respeten las reglas. Por que están donde están gracias a que otros las hemos respetado. Las primeras actuaciones que les estamos viendo en cuanto han “tocado pelo” de poder no están respetando estas reglas.
No solo no pienso agachar la cabeza y esconderme avergonzado por haber sido coherente con mi sentido de la democracia sino que es ese mismo sentido el que me hace rebelarme contra quien no actúa con las mismas premisas que yo. Porque creo en el sistema pensaba lo que pensaba. Por que sigo creyendo en él exijo que quien se aprovecha del mismo y dice querer participar en aceptación de las reglas cumpla su palabra. Si no lo hace, yo, tanto o mas que nadie, puedo estar asqueado y exigente precisamente por ello.
No he cambiado un solo milímetro de hace unos días a ahora mi forma de verlo. Aplico exactamente los mismos principios radicalmente democráticos cuando exigía a unos respeto a las sentencias del Tribunal Constitucional y a los votos, que cuando ahora pido a Bildu respeto a las instituciones democráticas, al símbolo de mi país, de mi estado de derecho, a las leyes y la Constitución.
Y si no van a jugar con las reglas que han aceptado exijo que se apliquen los mecanismos democráticos que están previstos para este caso. Tan legítimo es el derecho de representación emanado de las urnas (pues lo garantiza la Constitución que no les gusta y lo representa el Rey cuyo símbolo retiran de sus salas de plenos) como las herramientas que prevén la corrección de estas distorsiones democráticas. Ambas están contempladas en la Constitución.


