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Crónica triste de otra muerte anunciada
Miércoles, 31/03/2010 - 14:06 -

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Ha vuelto a ocurrir. El pasado día 26 de febrero otras dos personas resultaron atropelladas en las calles de Segovia, con la particularidad de que eran niños, una de 15 años y su hermano, de 4 años, que finalmente ha fallecido.

El terrible suceso ha dejado una familia destrozada y, seguro, muchas otras conmocionadas, particularmente aquellas que también tenemos niños de corta edad, que compartían con Aissa los juegos en el patio del colegio Martín Chico o que se cruzaban con él cotidianamente por las calles de nuestro barrio, San Lorenzo. Madres y padres a los que se nos heló la sangre con la noticia y temblamos sólo con imaginar lo que puede suponer pasar por algo semejante.

Necesito expresar, en primer lugar, mi profunda condolencia a la familia de Aissa, trasladarle mi sentimiento de tristeza y de solidaridad, aunque sepa de antemano que es sólo un gesto que trata, inútilmente, de aliviar un dolor incurable.

Pero también necesito expresar mi rabia, una rabia que nace de la conciencia de que la tragedia puede repetirse en cualquier momento si muchas cosas en nuestra ciudad siguen siendo como ahora son:
- calles donde los peatones caminan expuestos al peligro, porque el espacio para su desplazamiento seguro es mínimo y porque los coches circulan a velocidades intolerables;
- conductores que aparcan tranquilamente sobre las aceras, forzando a los peatones a bajar a la calzada;
- pasos de cebra que no se respetan, lo que obliga a mamás y a papás a educar a sus hijos en la desconfianza en las reglas de juego: “esto, hijo, supuestamente es un cruce para peatones, donde los coches deben parar para dejarnos pasar, pero ¡¡¡NO PUEDES FIARTE NUNCA!!!”;
- niños y niñas que tienen que estar permanentemente acompañados y vigilados, a los que les robamos la experiencia de ir solos al cole, a comprar el pan o jugar en la plaza con sus amigos (el día 20 de septiembre de 2009, una niña de 7 años que montaba en bici fue atropellada en la Plaza de San Lorenzo).

Las situaciones que describo arriba son hechos cotidianos, que parece que estamos obligados a aceptar si no queremos andar continuamente peleados con el mundo. Ni siquiera los accidentes nos sacan de este letargo, porque los accidentes en las calles de Segovia no son un fenómeno extraño: en el pasado año 2009, se registraron 758 accidentes urbanos, de los cuales 123 se saldaron con víctimas –con 1 persona fallecida y 169 heridas-. ¿Nos parece esto normal? ¿Por qué son así las cosas en nuestras calles?

Las cosas son así por muchas razones, con responsabilidades compartidas por la administración municipal y por los vecinos, a partes iguales. Desde luego, hechos como estos deberían hacer reflexionar al Ayuntamiento en torno a cómo se gestiona la seguridad vial, cómo se diseñan las calles y se distribuye el espacio para tratar de mejorar la convivencia entre coches y personas, qué medidas se toman para cambiar las relaciones de poder entre vehículos y peatones, cómo se protege el derecho de los más débiles –niños, ancianos, discapacitados…- a usar y disfrutar la calle.

Pero no es un asunto que pueda arreglar el Ayuntamiento exclusivamente. Cada uno de nosotros debe de hacer una reflexión personal porque somos tan parte del problema actual como de la posible solución futura.

Muchas de nosotras y nosotros somos a ratos peatones y a ratos conductores, y nuestras actitudes al volante influyen para hacer de la ciudad un espacio amable y respetuoso con las personas o, por el contrario, un lugar arriesgado e ingrato por el que hay que transitar en alerta máxima. Debemos contestarnos honestamente a preguntas como: ¿qué comportamiento tengo al volante?, ¿soy agresivo conduciendo?, ¿soy consciente de que manejo una máquina peligrosa que puede matar?, ¿sé que, en un atropello, la diferencia entre circular a una velocidad de 30km/h o de 50km/h supone aumentar el riesgo de muerte o herida grave del 5% al 45%?

La muerte de un niño de 4 años, mientras cruzaba un paso de peatones, es una desgracia irreparable. Pero es también una vergüenza, que pone en evidencia que esta ciudad y sus ciudadanos no somos capaces todavía de ofrecer la protección que las personas merecen. La diferencia es que esta vergüenza sí tiene reparación: existen fórmulas, medidas, sistemas para mejorar las calles y la calidad de nuestra vida en ellas.

Quisiera que pudiéramos transformar la tristeza y la rabia que la muerte de Aissa ha generado en un movimiento positivo, que exija y promueva cambios, en nuestras calles y en nuestra manera de ser ciudadanos. Quisiera tener algo digno que contestar a ese compañero de Aissa que, impresionado con la noticia de que su amigo ya no volvería a clase, decía enfadado: “tanto enseñarnos lo de los semáforos... que en rojo parar, que hay que esperar al verde... ¿por qué pasa esto?”



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