El afán nacionalista catalán por “diferenciarse” del resto de España les sale muy caro a los contribuyentes. Hemos sabido que el tripartito que gobierna Cataluña ha decidido destinar 4.000 millones de las antiguas pesetas, a organizar una red de pseudo-embajadas catalanas, en diferentes países para según dicen: “desarrollar relaciones bilaterales en temas culturales y/o comerciales”.
La última ha sido inaugurada la pasada semana por el inefable Carod Rovira en Nueva York, coincidiendo con la expectación mundial creada por la toma de posesión del Presidente Obama.
Resulta sorprendente e indignante que Montilla esté solicitando más financiación al Gobierno de la Nación, porque, según él, la Generalitat no tiene suficiente dinero, y a la vez dediquen exorbitantes cantidades a esos gastos superfluos, destinados únicamente a satisfacer el “ego” nacionalista.
Salvo que exista alguna Ley en contrario que yo desconozca, nuestra Constitución establece que las relaciones con el exterior corren a cargo, exclusivamente, del Estado Español, por lo que la creación de ésta suerte de “Embajadas”, además de servir para “colocar” al hermanísimo de Carod, me parecen absolutamente innecesarias e improcedentes.
¿Cuál es el límite de tolerancia para las “geniales ocurrencias”, por otra parte carísimas, de éste pintoresco nacionalismo?


