La broma es inherente al hombre. Desde que el homo sapiens camina erguido por este castigado planeta, seguro que ya existía la broma. Cuando una persona llega a un nuevo destino en su trabajo, los compañeros le reciben con alguna burla de mejor o peor gusto y el novato no tiene más remedio que soportar como buenamente puede la susodicha novatada. Me acuerdo cuando llegué al ejército, de las mofas con que se recibían a los nuevos soldados, casi todas ellas con más o menos gracia, pero sin más maldad que pasar unos momentos graciosos a costa de los pobres reclutas asustadizos. Lo malo de una broma es cuando se convierte en pesada y se acompaña con una dosis más o menos grave de mala leche. El jueves pasado, leí una noticia, mala como el noventa por ciento de las que publica cualquier periódico, informando que en el pueblo de Valdepeñas, un grupo de chicos de unos 16 años le habían gastado a un compañero una broma, de las consideradas bestiales. La susodicha consistió en introducirle a un compañero por el trasero, el tubo de un compresor, de los destinados a inflar las ruedas de camiones e insuflarle aire a alta presión. ¿Qué les parece la bromita? Naturalmente el chaval, quedó prácticamente reventado por dentro, pues a la presión que sale el aire, tengan en cuenta la fuerza que necesita un compresor para llenar la rueda de un camión, le destruyó casi todo el intestino grueso y le destrozó el bazo, afectando y desplazando a otros órganos como el páncreas y hasta le dañó gravemente el hígado. El joven, de la misma edad que los demás, entró en un estado de extrema gravedad a los pocos momentos de esta salvaje acción. Al poco tiempo y menos mal a la rápida intervención de una ambulancia, estaba siendo operado de máxima urgencia en el Hospital de Jaén, extirpándole el bazo y gran parte del intestino. El joven sigue en estado muy grave en la UVI del hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte por la gracia de sus queridos compis. La Guardia Civil está investigando los hechos para determinar si como parece ser fuera una broma o tal vez un ajuste de cuentas, debido a la gravedad de los hechos. Esta acción, suponiendo que sea una broma pesada, puede resultar hasta gracioso para algunos, pero si nos fijamos detenidamente, es una prueba evidente del “amamonamiento” en que se encuentra gran parte de la juventud actual. Lo más grave de todo esto, es que ninguno de los jóvenes que cometieron semejante acción, pensó en las posibles consecuencias que podían derivarse de esta salvaje hazaña, y no intentara convencer a los demás a desistir de cometer semejante tropelía y por tanto, demostraron todos ser unos inconscientes y degenerados. Porque no me digan ustedes que jóvenes con 16 años no saben lo que hacen. Aunque si nos fijamos en Amos Bronson Alcott, filósofo y profesor estadounidense del siglo XIX, y en la siguiente reflexión que nos dejó, puede que comprendamos mejor la acción de estos niñatos: “La enfermedad del ignorante es ignorar su propia ignorancia”.


