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BESOS CON SABOR A MENTA
Viernes, 19/06/2009 - 21:39 -

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BESOS CON SABOR A MENTA

¡Cuánto se han burlado de nuestros besos! Ensordecedores como una mascletá, los labios ametrallando cariño: mupch, mupch, mupch, mupch, mupch. Generalmente en series de cinco, a veces en las mejillas, a veces en la frente. Besos congénitos, heredados quizá de la abuela paterna que no conocí pero que dejó como legado una estela de ternura sonriente.
Mi padre no pasaba de puntillas, era festivo su tono; su aspecto jovial y ruidoso, con los bolsos llenos, como su corazón, de sueños y caramelos: “toma un cigarro” -decía- y te daba un caramelo o un puñado. Siempre eran de menta y él olía a menta, todos olemos a menta. ¡Cuántos lo recuerdan asociado a los caramelos! Era espléndido en todo lo que tenía: cariño, tiempo, galantería, disponibilidad. Sólo le faltó fortuna. No tuvo suerte en los negocios aunque trabajó sin descanso. Heredó de su padre esa desventura. “Si pusiéramos una sombrerería nacerían los niños sin cabeza” -repetía mi abuelo-. Pero mi padre no se desalentaba, pocas veces perdía la fe. En su fuero interno, no acabó nunca de jubilarse, siempre tenía mucho que hacer. Se quedó, sin embargo, con muchos sueños por cumplir, pero decía que mi madre y sus hijos éramos su mayor capital.
A veces me decía “Estás preciosa… Pero nunca llegarás a tu madre” y a mí me encantaba tanto como cuando robaba unas rosas en la gasolinera, se las traía y la saludaba diciendo “¡Preciosa!” y le disparaba cinco besos en la mejilla. En los últimos años pasaba largos ratos contemplándola como si tuviera miedo de no volverla a ver al día siguiente.
Le enorgullecía su familia, derrochaba satisfacción. “¡Qué bien vives!” -le repetían continuamente. Y él siempre respondía “ya vamos quedando pocos”.
Despertó envidias por saber disfrutar de cualquier nimiedad y siempre tuvo una mano para sostener una puerta, subir la compra a un anciano y una sonrisa para todos.
Siempre fue mi taxista, me llevaba siempre a la estación o me iba a buscar cuando volvía a casa, siempre de buen grado, siempre tan contento. Al principio me daba vergüenza cuando le decía al hombre de la ventanilla de RENFE que conocía de siempre: “ésta es mi hija la profesora”, y yo le decía “pero papá, no lo digas”. Luego entendí que me daba igual lo que pensaran los demás, que él estaba orgulloso de mí.
Mi padre era música, la Marcha Radetzky de Strauss en el concierto de Año Nuevo en Viena, aplaudiendo besos en lugar de palmas. Se nos ha acabado el concierto y nos hemos quedado sordos de silencio, de besos, con el perfume de menta flotando en el aire.

® Cristina Marcos Martín



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