Todos lo temíamos. Aunque casi ni nos atrevíamos a formular nuestro temor en voz alta, todos sabíamos que más pronto que tarde, ETA volvería a vomitar su odio en forma de atentado. Esta vez le ha tocado de nuevo a un servidor de la Ley, a alguien que había dedicado muchos años de su vida a protegernos a todos de la barbarie terrorista. Otra vez hemos sufrido y nos hemos indignado con las terribles escenas del
sufrimiento en carne viva de una familia destrozada, y otra vez, como dijo el lehendakari, hemos salido a la calle “apretando los dientes”. Los hemos apretado como siempre, con dolor y con rabia, pero con la firmeza de saber que nos asiste la razón cuando alzamos nuestra voz silenciosa cada vez que los asesinos acaban con la vida de uno de los nuestros, porque todas y cada una de las victimas del terrorismo son nuestras, somos casi nosotros mismos. Y nos hemos emocionado escuchando a la viuda de Eduardo Puelles gritando desde su infinito dolor, su inmenso orgullo y su determinación de seguir adelante.
Y sin embargo, hemos asistido a algunos detalles que, dentro de la indignada desolación que siempre nos produce un atentado, pueden esperanzarnos en que las cosas puedan orientarse de forma distinta: Por primera vez, la condena del atentado ha sido unánime en el Parlamento Vasco. También por primera vez las banderas han ondeado a media asta por el crimen terrorista, y una imagen, sin precedentes, se nos ha quedado en la retina: El ataúd de Eduardo Puelles era llevado a hombros por un ertzaina, un guardia civil, un policía nacional y un agente municipal.
Si a eso le unimos la rotundidad del discurso del lehendakari, creo que tenemos razones para pensar que algo puede empezar a cambiar, para bien, en el País Vasco.


