Hay espacios y encuentros que alimentan la ilusión y provocan una sonrisa de satisfacción. Así nos sentimos un grupo de mujeres de Palencia, que decidimos unirnos y convocar a un café coloquio con motivo del día de la mujer. Es una oportunidad para dialogar y compartir lo que sentimos y pensamos. Buscábamos un encuentro abierto al barrio, abierto a hombres y mujeres con los que hacemos camino día a día, en el trabajo, en la plaza, en los lugares donde habitamos, sabiendo o no nuestros nombres. Buscábamos un espacio donde compartir lo que nos pasa, cómo nos sentimos ante la exclusión y ante la acogida y cómo necesitamos unirnos para hacer camino juntas. Sabemos que somos muy diferentes por “fuera”, de diferentes lugares -España, Marruecos, Mozambique, Rumanía, etc.- de diferentes culturas, etnias o religiones, pero a la vez nos sentimos muy iguales, en el fondo vivimos experiencias muy parecidas, compartimos la búsqueda y el deseo de libertad e igualdad, el derecho de convivir y ser personas.
El sábado nos encontramos alrededor de 35 personas en el centro social del barrio del “Ave María”. A partir de un corto sobre la situación de la mujer en África, iniciamos un diálogo rico e interesante. Hombres y mujeres necesitamos aprender de “lo diferente”, convivir y educar en la igualdad. Lo “original” de cada país, sexo, cultura, nos enriquece y nos ayuda a vivir en un mundo intercultural. Vivimos situaciones de discriminación por ser gitana, inmigrante, mujer… y aquello que nos hace diferentes puede ser una riqueza en la convivencia ¿por qué marcar la diferencia como distancia, como rechazo?. Queremos aprender a coger lo mejor de cada persona para vivir mejor. “Como los pájaros, que son inteligentes -nos decía la película- saben coger lo mejor del norte y lo mejor del sur.”
Nos seguimos moviendo por prejuicios y estereotipos que nos impiden llegar a conocer a quien tenemos al lado. A nuestro alrededor, oímos comentarios como estos: “la culpa del paro es porque trabajan las mujeres”, “los inmigrantes nos quitan el trabajo”. Antes de cualquier condición somos personas y esto es lo que nos mueve a vivir, convivir y a trabajar por construir un mundo mejor donde se respeten los derechos de todos y todas, donde nadie sea “ilegal” por no tener documentación, donde podamos convivir en paz ayudándonos, porque el simple hecho de ser personas es nuestra carta de identidad.
Nos marca la cultura, la religión, las costumbres, pero al final los responsables de nuestras decisiones, acciones y elecciones somos nosotros mismos. Somos las personas las que hacemos posible el cambio o damos continuidad a lo que hemos aprendido. No podemos seguir refugiándonos en “lo aprendí así”,”así me lo enseñaron”. Al final lo que decidimos hacer y ser es un ejercicio de nuestra propia libertad ¿nos interesa mantener injustos “privilegios”?
Las culturas están vivas y para seguir vivas deben crecer, cambiar, enriquecerse. Una cultura que permanece anclada en prejuicios y estereotipos del pasado acaba encerrada en sí misma, haciendo daño o muriendo.
Necesitamos crear comunidades vivas. Espacios donde nos escuchemos, apoyemos, animemos, en definitiva donde aprendamos a humanizar la vida y convivir en igualdad.
No podemos quedarnos ajenos al dolor, a la marginación, a la exclusión que sufren nuestros vecinos, y que sufrimos nosotras mismas. El encuentro con otros nos ayuda a escucharnos, a expresarnos, a manifestar lo que sentimos, a hacernos conscientes de las injusticias que padecemos y que padecen muchas personas a nuestro alrededor. Nos ayuda a tomar postura, a ser valientes, a no quedarnos quietas. En el grupo descubrimos nuestra identidad y la ponemos al servicio de los demás.
Por esto, el encuentro de 35 personas una tarde del sábado, alrededor de un café y unas tartas preparadas por algunas de nosotras nos despertó sentimientos de esperanza.
Grupo de mujeres “Cáritas de María Estela” y “Ancla”


